No recordaba la última vez que una novela consiguió que mirara con desconfianza cada puerta que se abre en un castillo. Y eso tiene mérito cuando llevas toda la vida creyendo que ya conoces la historia.
Porque ese fue mi gran error al empezar Drácula: pensar que ya sabía quién era Drácula.
El cine, las series, los cómics y las innumerables versiones del personaje me habían convencido de que poco podía sorprenderme a estas alturas. Pero bastaron unas cuantas páginas para descubrir que el conde creado por Bram Stoker sigue siendo mucho más inquietante que muchas de sus imitaciones modernas.
La llegada de Jonathan Harker a Transilvania me pareció una de las mejores aperturas que he leído en un clásico. El viaje hacia el castillo está cargado de una sensación de amenaza constante. No ocurre nada especialmente espectacular durante muchas páginas, pero todo resulta inquietante. Los paisajes, los silencios, las advertencias de los lugareños, la extraña hospitalidad del conde… Stoker construye el miedo poco a poco, sin prisas, y precisamente por eso funciona tan bien.
Durante toda esa primera parte tuve la sensación de estar leyendo una pesadilla de la que Jonathan no puede despertar. Cuanto más descubre sobre su anfitrión, más evidente resulta que está atrapado. Y nosotros con él.
Me sorprendió también la forma en que está narrada la novela. Los diarios, cartas, telegramas y recortes de prensa podrían haber convertido la lectura en algo pesado, pero me ocurrió justo lo contrario. Esa estructura epistolar hace que todo parezca extrañamente real. Como si uno estuviera reconstruyendo unos acontecimientos que sucedieron de verdad a partir de documentos encontrados.
Y si Drácula es el gran icono de la historia, Mina Harker fue para mí la gran revelación. No esperaba encontrar un personaje tan inteligente, tan valiente y tan importante dentro de la trama. De hecho, terminé admirándola mucho más que a varios de los personajes masculinos que la rodean. También me gustó muchísimo Van Helsing, un personaje que aporta energía a la novela cada vez que aparece y que se convierte poco a poco en el motor de la lucha contra el conde.
La atmósfera es probablemente lo mejor del libro. Stoker tiene una capacidad extraordinaria para crear imágenes que permanecen en la memoria. Castillos aislados, tormentas nocturnas, cementerios, barcos que llegan envueltos en misterio, habitaciones cerradas y sombras que parecen esconder algo terrible. Incluso cuando la acción disminuye, el ambiente sigue ejerciendo una fuerza enorme sobre el lector.
No todo me fascinó por igual. Hay momentos, especialmente en la segunda mitad, donde algunas conversaciones se alargan más de lo necesario y ciertas repeticiones ralentizan el ritmo. Se nota que estamos ante una novela del siglo XIX y no todas sus partes tienen hoy la misma agilidad. Aun así, nunca llegué a perder el interés porque siempre existía la sensación de que algo oscuro estaba a punto de ocurrir.
Lo que más me ha gustado de Drácula es comprobar que detrás del mito existe una novela magnífica. No es solo la historia de un vampiro. Es una obra sobre el miedo, la obsesión, la lucha entre la razón y lo desconocido, y también sobre la capacidad humana para enfrentarse a aquello que parece imposible de vencer.
Ahora entiendo por qué ha sobrevivido durante más de un siglo mientras tantos otros libros de su época quedaron olvidados. Bram Stoker creó un monstruo inmortal, sí, pero también escribió una historia que sigue teniendo la capacidad de atraparnos cuando cae la noche y empezamos a escuchar ruidos extraños en la casa.
Puedes leer todas nuestras reseñas y recomendaciones en Cantabria Literaria.

0 comentarios