Durante buena parte de la novela me descubrí sonriendo con Elinor y desesperándome con Marianne. Unas páginas después ocurría exactamente lo contrario. Y creo que ahí está una de las grandes virtudes de Jane Austen: consigue que entendamos a sus personajes incluso cuando no compartimos sus decisiones.
Sentido y sensibilidad fue mi puerta de entrada a las hermanas Dashwood, dos personajes que representan formas opuestas de enfrentarse a la vida. Tras la muerte de su padre, Elinor, Marianne, su hermana pequeña y su madre se ven obligadas a abandonar el hogar familiar y adaptarse a una realidad mucho más incierta. Lo que podría parecer el punto de partida de una simple novela romántica termina convirtiéndose en un retrato muy preciso de las relaciones humanas, las convenciones sociales y las dificultades que afrontaban las mujeres en la Inglaterra de principios del siglo XIX.
Elinor y Marianne sostienen prácticamente toda la novela. La primera es prudente, reservada y dueña de un admirable autocontrol. La segunda vive cada emoción con intensidad, se deja llevar por sus impulsos y considera casi imposible ocultar lo que siente. Jane Austen construye alrededor de ellas un contraste constante que da sentido al propio título de la obra.
Lo que más me ha gustado es que la autora evita tomar partido de forma evidente. Ni la razón absoluta de Elinor ni la sensibilidad desbordada de Marianne aparecen como soluciones perfectas. Conforme avanzan los acontecimientos, ambas aprenden, se equivocan y descubren que la vida rara vez encaja por completo en una sola forma de entender el mundo.
Más allá de las historias amorosas, que tienen un papel importante, encontré especialmente interesante la crítica social que recorre toda la novela. Austen observa con enorme ironía una sociedad obsesionada con el dinero, las apariencias, los matrimonios convenientes y la posición social. Lo hace sin discursos grandilocuentes ni sermones, simplemente dejando que los personajes hablen y actúen. El resultado es mucho más eficaz.
Y qué personajes secundarios. Algunos resultan encantadores y otros provocan una irritación inmediata. Fanny Dashwood, por ejemplo, me pareció uno de esos personajes que consiguen sacarte de quicio cada vez que aparecen. Precisamente por eso están tan bien construidos.
La lectura tiene un ritmo pausado. No hay grandes sobresaltos ni giros espectaculares. Austen se toma su tiempo para desarrollar conversaciones, malentendidos, relaciones y pequeños cambios emocionales. Entiendo que algunos lectores puedan encontrar ciertas partes algo lentas, pero personalmente creo que la historia gana mucho gracias a esa calma que permite conocer a fondo a los personajes.
También he disfrutado de una característica que siempre se destaca de Jane Austen y que aquí ya aparece con fuerza: su capacidad para observar a las personas. Muchas veces una simple conversación revela más sobre un personaje que páginas enteras de descripción. Esa inteligencia para retratar comportamientos humanos sigue funcionando más de dos siglos después.
Al terminar la novela me quedó la sensación de haber acompañado a las hermanas Dashwood durante una etapa importante de sus vidas. Compartí sus ilusiones, sus desengaños y sus dudas. Y aunque algunos aspectos del desenlace pueden parecer algo apresurados desde una mirada actual, el viaje hasta llegar allí merece completamente la pena.
Quizá la mayor sorpresa de Sentido y sensibilidad sea descubrir que, detrás de una historia de amores y desencuentros, se esconde una reflexión muy lúcida sobre el equilibrio que todos buscamos entre lo que sentimos y lo que creemos que debemos hacer.
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