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Reseña “La ciencia de la longevidad” de Carmen Lanchares

11 de septiembre de 2026
4.4
(85)

El problema no es cumplir años, sino qué hacemos con ellos. Y quizá ahí esté la idea más interesante de El tiempo a nuestro favor. La ciencia de la longevidad, el libro con el que Carmen Lanchares se adentra en uno de esos temas que llevamos años mirando con una mezcla de fascinación, miedo y cierta obsesión: la posibilidad de vivir más y, sobre todo, de vivir mejor durante ese tiempo añadido.

Lanchares no plantea la longevidad como una carrera contra el calendario ni como una promesa de juventud eterna, y eso ya me parece un punto de partida bastante más interesante que buena parte de los discursos que rodean actualmente al envejecimiento. Su propuesta consiste en mirar qué dice realmente la ciencia sobre nuestro reloj biológico, hasta dónde podemos intervenir en él y qué podemos hacer para llegar a edades avanzadas conservando algo mucho más importante que una apariencia joven: fuerza, autonomía, claridad mental, relaciones, propósito y ganas de seguir viviendo.

Una de las cosas que más me han gustado del libro es precisamente que intenta escapar de esa visión reduccionista que convierte la longevidad en una lista de obligaciones: hacer ejercicio, comer bien, dormir ocho horas y poco más. Evidentemente, los hábitos tienen un peso enorme, pero Lanchares entiende que hacerse mayor es un proceso demasiado complejo como para explicarlo únicamente desde el plato que ponemos sobre la mesa o los minutos que pasamos haciendo deporte. Por eso abre el foco y habla también de biología, psicología, economía, sociedad, medioambiente, medicina y, algo que me parece especialmente importante, de cómo queremos vivir cuando esos años que antes no teníamos empiezan a convertirse en una realidad cotidiana.

El libro se apoya en investigaciones y estudios clínicos y ahí se nota el trabajo de documentación detrás del texto. Aparecen conceptos que probablemente para muchos lectores serán completamente nuevos —gerociencia, exposoma, NEAT, wellaging, biohacking, proaging o slow aging— y también cuestiones relacionadas con la nutrición, la actividad física, la regeneración celular o la forma en la que nuestro organismo va acumulando el desgaste. Pero lo interesante no es únicamente conocer todo ese vocabulario nuevo, sino entender que detrás de muchas de esas palabras existe una pregunta mucho más sencilla: ¿qué podemos hacer hoy para que nuestro cuerpo y nuestra cabeza lleguen lo mejor posible a ese futuro que todavía no conocemos?

Y aquí aparece una de las ideas que más peso tienen en el libro: no existe una fórmula mágica para detener el envejecimiento. La ciencia está consiguiendo avances impresionantes y cada vez sabemos más sobre los mecanismos que intervienen en el deterioro del organismo, pero todavía estamos bastante lejos de convertir nuestro cuerpo en una máquina a la que podamos cambiar todas las piezas cuando empiezan a fallar. Lanchares se acerca a las teorías más ambiciosas sobre la posibilidad de superar nuestros límites biológicos, incluso reconoce la fascinación que producen algunas de ellas, pero termina situándose en un terreno mucho más prudente y, personalmente, mucho más convincente: podemos intervenir, podemos ralentizar determinados procesos y podemos mejorar nuestras posibilidades, pero seguimos teniendo límites.

Eso hace que El tiempo a nuestro favor sea menos un libro sobre cómo vivir eternamente que un libro sobre cómo aprovechar mejor el tiempo que tenemos.

Y ahí es donde para mí encuentra su verdadera personalidad.

Porque hablar de longevidad exclusivamente desde la biología puede resultar interesante, pero también bastante frío. Lanchares introduce una idea que me parece especialmente poderosa: el joyspan, ese concepto que intenta medir no solamente cuántos años vivimos, sino cuántos de ellos vivimos con satisfacción, relaciones saludables, sentido y alegría. Y me parece una forma mucho más humana de plantear la cuestión. Podemos obsesionarnos con sumar años al contador, pero de poco sirve llegar a los cien si hemos pasado las últimas décadas preocupados únicamente por evitar cumplir años.

El libro también cuestiona esa guerra permanente contra la edad que tenemos instalada en nuestra sociedad. Queremos eliminar las arrugas, esconder las canas, parecer más jóvenes, retrasar cualquier señal que recuerde que el tiempo pasa y, en ocasiones, terminamos confundiendo estar bien con parecer más jóvenes. Lanchares propone otra mirada: no se trata de convertirnos en copias de quienes fuimos a los treinta, sino de aprender a estar bien en cada etapa de nuestra vida.

Puede parecer una diferencia pequeña, pero cambia bastante el discurso.

También me ha resultado interesante esa tensión que recorre el libro entre la ciencia más esperanzadora y la realidad de nuestros propios límites. La posibilidad de reparar el organismo, modificar el envejecimiento o ampliar radicalmente la esperanza de vida resulta tremendamente atractiva, especialmente en un momento en el que aparecen constantemente noticias sobre avances médicos, inteligencia artificial, terapias celulares o investigaciones relacionadas con la longevidad. Pero precisamente por eso resulta necesario distinguir entre lo que ya sabemos, lo que estamos empezando a descubrir y aquello que todavía pertenece más al terreno de la especulación.

Lanchares intenta moverse por ese espacio sin convertir el libro en una colección de promesas futuristas, y creo que es una de sus mayores virtudes.

También hay algo que agradezco especialmente: El tiempo a nuestro favor no trata al lector como alguien que necesita recibir una receta milagrosa. No parece escrito desde esa superioridad tan habitual en algunos libros de salud en los que todo se resume en una sucesión de instrucciones que deberíamos cumplir para alcanzar una especie de versión perfecta de nosotros mismos. Aquí la idea es más razonable: comprender mejor nuestro organismo para tomar mejores decisiones.

Eso sí, precisamente por la cantidad de conceptos, investigaciones y dimensiones que aborda, creo que es un libro que funciona mejor cuando se lee con calma que cuando se busca en él una respuesta inmediata. No estamos ante un manual de lectura rápida ni ante una fórmula cerrada sobre cómo llegar a los noventa años. Su mayor interés está en las preguntas que deja abiertas y en la capacidad que tiene para hacerte mirar de otra manera algo tan inevitable como cumplir años.

Y quizá por eso el título termina teniendo mucho sentido. El tiempo no está necesariamente en nuestra contra. El problema es que solemos comportarnos como si lo estuviera.

Carmen Lanchares consigue convertir un asunto que podría haberse quedado en un catálogo de estudios científicos sobre envejecimiento en una reflexión bastante más amplia sobre la vida que queremos tener cuando lleguen esos años que hoy todavía nos parecen lejanos. No promete juventud eterna, no vende milagros y tampoco intenta convencernos de que podemos escapar de nuestra biología. Su propuesta es bastante más sensata: conocer mejor cómo funciona nuestro cuerpo, cuidar aquello sobre lo que sí podemos actuar y entender que vivir más solo tiene verdadero valor si también conseguimos vivir mejor.

Y, al final, quizá esa sea la pregunta que debería importarnos mucho más que descubrir si algún día podremos vivir ciento cincuenta años: ¿cómo queremos sentirnos cuando lleguemos allí?

Porque el tiempo, efectivamente, puede estar a nuestro favor. Pero hay que aprender a utilizarlo.

 

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