¿Sabes esa sensación de encontrar un libro y pensar: «Vale, esto es exactamente por lo que me gusta leer fantasía»? A mí me ha pasado con El nombre del viento.
Y encima esta edición especial y limitada de Debolsillo entra por los ojos antes de empezar: tapa dura, detalles verdes metalizados y los cantos tintados en un verde brillante que hacen que parezca un libro salido del propio mundo de Kvothe.
La historia empieza con Kote, un tranquilo posadero que parece esconder mucho más de lo que cuenta. Hasta que aparece un cronista preguntando por Kvothe, un personaje convertido casi en leyenda: músico prodigioso, mago, luchador, héroe para algunos y poco menos que demonio para otros. Y entonces Kote decide contar su historia. No la leyenda. La historia de verdad.
Y aquí es donde Rothfuss se luce.
Porque seguimos a Kvothe desde niño, cuando viaja con la compañía de sus padres y empieza a aprender música, ciencia, historia y una forma de magia llamada simpatía, hasta que la tragedia lo deja solo y sin nada. Después llega la Universidad, y con ella el conocimiento, los enemigos, las amistades, el dinero que nunca tiene suficiente y esa obsesión suya por descubrir cómo funciona el mundo.
Kvothe es uno de esos protagonistas que te desesperan y te fascinan al mismo tiempo. Es demasiado listo, demasiado orgulloso y demasiado consciente de sus propias capacidades. Puede tocar el laúd de una forma increíble, aprender cosas a una velocidad absurda, meterse en problemas constantemente y, cinco minutos después, estar contando monedas porque no tiene ni para comer. Esa contradicción es precisamente lo que hace que funcione.
Y la magia es otro de sus grandes aciertos. Aquí no consiste simplemente en lanzar hechizos porque sí. La simpatía tiene reglas, requiere conocimiento y concentración, y se basa en la conexión entre las cosas. Es una magia que casi parece ciencia, y eso hace que quieras entenderla igual que Kvothe.
Pero lo que más me ha gustado es cómo está contado.
Porque mientras escuchamos a Kvothe relatar su juventud, también vemos al hombre en el que se ha convertido. Sabemos desde el principio que ese muchacho acabará convertido en una figura legendaria, pero también sabemos que algo terrible ha ocurrido por el camino. Y Rothfuss va dejando pequeñas pistas, preguntas y detalles que te hacen pensar que probablemente no conoces toda la verdad.
Además, el libro tiene algo que agradezco muchísimo en la fantasía: no necesita enseñártelo todo de golpe. El mundo se va construyendo mientras avanzas, los personajes se descubren poco a poco y muchas cosas quedan abiertas a la interpretación. Y cuando empiezas a conectar algunas piezas, esa sensación de «espera… ¿y si esto significa…?» se vuelve adictiva.
Eso sí: no esperes una novela que vaya disparada desde la primera página. El principio necesita un poco de paciencia y algunos tramos pueden hacerse más largos, especialmente durante la etapa de pobreza de Kvothe. Pero cuando la historia empieza a atraparte, las casi 700 páginas desaparecen a una velocidad ridícula.
Y quizá ese sea el mejor resumen que puedo hacerte: El nombre del viento es un libro enorme que se siente pequeño cuando lo estás leyendo, porque entras tanto en la historia que dejas de pensar en cuánto llevas.
Terminas queriendo saber más de Kvothe, más de la Universidad, más de esa magia, más de los misterios que apenas empiezan a asomar… y, sobre todo, qué demonios le pasó a aquel joven brillante para acabar convertido en el hombre que conocemos al principio.
Yo lo terminé con una sensación muy concreta: hacía tiempo que un libro de fantasía no conseguía devolverme tantas ganas de perderme dentro de otro mundo.
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