Aquiles está enfadado. Muchísimo. Y cuando Aquiles se enfada, empieza a morir gente.
Ese es, en esencia, el punto de partida de La Ilíada, pero reducirla a eso sería quedarse muy corto. Porque detrás de batallas, dioses, héroes y lanzas volando por todas partes, Homero construye una historia brutalmente humana sobre el orgullo, la rabia, la pérdida y las consecuencias de no saber cuándo parar.
Esta edición de Blackie Books en tapa dura es una auténtica maravilla. Utiliza la traducción de Samuel Butler, vertida al castellano por Miguel Temprano García, y está ilustrada por Calpurnio. Además, incluye Troyanas, de Eurípides, en adaptación de Alberto Conejero; Otra belleza. Apostilla sobre la guerra, de Alessandro Baricco; y Guerreras, de Marina Garcés. Tres textos que amplían la mirada sobre la guerra y, especialmente, sobre quienes tienen que sobrevivir a aquello que otros deciden destruir.
Y volvemos a Aquiles.
Porque este hombre es imposible de ignorar. Es brillante, orgulloso, poderoso y tremendamente impulsivo. Cuando Agamenón lo humilla, Aquiles decide apartarse del combate y dejar que los griegos se las arreglen sin él. Lo que parece una rabieta acaba teniendo consecuencias enormes y convierte su enfado en el motor de toda la historia.
Frente a él está Héctor, y aquí Homero se marca algo increíble. Si Aquiles representa la gloria, la furia y el orgullo individual, Héctor representa la responsabilidad. No lucha únicamente por sí mismo: lucha por Troya, por su familia y por la gente que sabe que puede perderlo todo.
Y por eso la historia duele tanto.
Porque cuando Aquiles vuelve a la batalla después de la muerte de Patroclo, ya no parece un héroe. Parece una máquina de venganza. Y cuando finalmente se enfrenta a Héctor, sabes que estás asistiendo a uno de esos momentos que llevan miles de años siendo contados por una razón.
Pero lo verdaderamente grande llega después.
Priamo, el padre de Héctor, se presenta ante Aquiles para pedirle el cuerpo de su hijo. Y el guerrero que parecía consumido por el odio reconoce en aquel anciano a su propio padre. Aquiles llora. Por primera vez deja de mirar al enemigo y vuelve a ver a un ser humano.
Y ahí entiendes de qué va realmente La Ilíada.
No es solo una historia sobre una guerra. Es una historia sobre lo fácil que resulta dejarse arrastrar por el orgullo y lo difícil que es recuperar la humanidad después de haber cruzado determinadas líneas.
Eso sí, no voy a engañarte: leerla requiere un poco de paciencia. Hay muchísimos personajes, nombres, lugares, batallas y listas que pueden hacerte perderte. Pero cuando entras en su ritmo, descubres algo fascinante: una obra escrita hace miles de años que sigue hablando de nosotros con una precisión incómoda.
Porque seguimos enfadándonos. Seguimos buscando reconocimiento. Seguimos confundiendo orgullo con honor. Seguimos perdiendo a personas que queremos. Y seguimos necesitando, de vez en cuando, que alguien nos recuerde que detrás de cada enemigo también hay una historia.
Terminé La Ilíada pensando que quizá por eso ha sobrevivido durante tanto tiempo.
No porque nos cuente cómo eran los héroes de hace miles de años, sino porque nos recuerda cómo seguimos siendo nosotros.
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