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Reseña “La inquilina” de Freida McFadden

24 de septiembre de 2026
3.9
(648)

Freida McFadden tiene una capacidad bastante particular para conseguir que una novela que, sobre el papel, parece sencilla termine convirtiéndose en una lectura de esas que te obligan a seguir pasando páginas. Con La inquilina vuelve a moverse en ese territorio que tan bien conoce: una situación cotidiana que poco a poco empieza a resultar incómoda, personajes de los que no sabes exactamente qué pensar y una sucesión de acontecimientos que hace que tus propias teorías duren bastante menos de lo que esperabas.

La historia parte de una situación relativamente fácil de entender. Blake Porter acaba de conseguir un puesto importante en su carrera profesional y parece estar viviendo un momento perfecto, pero todo se viene abajo prácticamente de un día para otro. Pierde su trabajo, se encuentra con serias dificultades económicas y, junto a su prometida Kristin, necesita buscar una solución para poder mantener la casa que acaban de comprar. La respuesta parece sencilla: alquilar una habitación. Y ahí es donde entra Whitney.

Lo interesante es que McFadden no necesita convertir inmediatamente a Whitney en una amenaza evidente. Al principio es simplemente una desconocida que entra en casa de la pareja y que, en apariencia, no tiene nada especialmente extraño. Después empiezan las pequeñas cosas. Ruidos, situaciones incómodas, problemas que parecen demasiado absurdos para ser importantes y detalles que Blake empieza a interpretar de una manera que los demás no comparten. La sensación de inseguridad va creciendo precisamente porque nunca tienes del todo claro si estás viendo algo realmente inquietante o si estás entrando en la cabeza de alguien que empieza a perder el control de su propia vida.

Y creo que ahí está una de las claves de la novela. McFadden sabe jugar con la desconfianza del lector. Cuando crees haber entendido hacia dónde va la historia, aparece una nueva pieza que obliga a recolocar las anteriores. No todos los giros tienen la misma fuerza y, personalmente, algunos acontecimientos me han parecido llevados hasta un punto demasiado exagerado, pero también sería injusto pedirle a una novela de Freida McFadden que renuncie precisamente a ese componente desmedido que forma parte de su identidad. Aquí se viene a jugar con la sorpresa y con ese “¿pero qué demonios está pasando?” que hace que continúes leyendo.

Además, me ha gustado especialmente que la historia esté contada desde la perspectiva de Blake. Después de varias novelas de la autora construidas alrededor de protagonistas femeninas, este cambio aporta una energía diferente y permite que la paranoia, la frustración y la sensación de estar perdiendo el control se vivan desde otro lugar. Blake comienza intentando solucionar un problema económico y termina atrapado en una situación que cada vez entiende menos, mientras quienes le rodean no necesariamente interpretan los acontecimientos de la misma manera.

La estructura también ayuda mucho. Los capítulos son cortos, la narración es directa y la novela no pierde demasiado tiempo en explicaciones innecesarias. Es una de esas lecturas que funcionan especialmente bien cuando buscas algo entretenido y adictivo, porque siempre parece haber una pequeña razón para leer “solo un capítulo más”. Y cuando llega la segunda parte, muchas de las cosas que habían sucedido anteriormente adquieren un significado diferente. Es probablemente uno de los recursos que mejor funcionan en la novela.

Ahora bien, tampoco creo que La inquilina sea una novela perfecta. Hay situaciones que requieren aceptar ciertas licencias y dejar de preguntarse demasiado si todo lo que sucede sería realmente posible en la vida real. Algunas decisiones de los personajes pueden resultar difíciles de comprender y determinados acontecimientos parecen diseñados más para provocar una reacción inmediata que para mantener una lógica absolutamente realista. También he tenido en algunos momentos la sensación de reconocer mecanismos que McFadden ya ha utilizado en otras novelas, algo que puede jugar a favor si disfrutas de su fórmula, pero en contra si buscas que cada libro se aleje completamente de los anteriores.

Pero precisamente ahí está la cuestión: La inquilina no pretende reinventar el thriller psicológico. Pretende entretener, desconcertar y llevarte de una sospecha a otra hasta llegar a un desenlace que vuelve a apostar fuerte por el impacto. Y en ese sentido funciona.

No creo que sea una novela para quien busque un thriller especialmente complejo, realista o preocupado por construir cada pieza con absoluta precisión. Sí me parece una lectura muy recomendable para quien disfrute de los thrillers domésticos rápidos, los capítulos cortos, los personajes que esconden cosas y, sobre todo, esas historias en las que cada pocas páginas aparece algo que te hace replantearte lo anterior.

Con McFadden tengo la sensación de que nunca sabes exactamente qué vas a encontrarte, pero sí puedes esperar una cosa: que probablemente termines leyendo mucho más rápido de lo que tenías previsto. La inquilina vuelve a demostrar que la autora domina perfectamente ese tipo de entretenimiento compulsivo en el que la lógica puede tomarse alguna licencia, pero las ganas de descubrir qué está ocurriendo permanecen hasta el final.

 

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