Madrid, diciembre de 1978. La Transición suele contarse desde las fotografías conocidas, los discursos políticos, las primeras libertades y la sensación de que un país entero estaba dejando atrás una época. Pero una ciudad no cambia de un día para otro y, mientras una parte de Madrid descubría que podía empezar a ser quien quisiera, otra seguía moviéndose en lugares donde las reglas eran bastante diferentes. Histeria, de José Manuel del Río, entra precisamente ahí: en ese Madrid nocturno, violento y desordenado donde la frontera entre lo que estaba naciendo y lo que todavía arrastraba el pasado era mucho más difícil de distinguir.
La historia comienza con Marta Beltrán, una joven estudiante que sueña con ser bajista y que, por una de esas casualidades que en una novela negra nunca son realmente casualidades, presencia un ajuste de cuentas. Lo que podría haber quedado reducido a un episodio terrible del que escapar cuanto antes termina convirtiéndola en una pieza fundamental de una historia mucho más grande. Mientras la Brigada Central concentra buena parte de sus esfuerzos en la investigación de un asesino en serie que mantiene a la ciudad pendiente de cada nuevo crimen, dos de sus investigadores siguen una pista diferente: un rastro de sangre que únicamente Marta conoce y que amenaza con desencadenar una guerra en los bajos fondos madrileños.
Y creo que ahí está una de las claves de Histeria. Del Río no utiliza la Transición simplemente como decoración histórica. La convierte en el terreno sobre el que se mueve la novela. Es un momento de transformación, pero también de incertidumbre, y esa contradicción encaja perfectamente con el género negro. Una sociedad que intenta descubrir qué puede ser mientras todavía convive con muchas de las inercias de lo que acaba de dejar atrás. En ese escenario aparecen delincuentes, policías, jóvenes que buscan su lugar, personajes relacionados con los bajos fondos y una ciudad en la que la violencia puede encontrarse casi a plena luz del día.
Me interesa especialmente la elección de Marta como punto de entrada. No es una investigadora ni alguien que busque problemas. Es una joven que tiene sus propias aspiraciones y que se encuentra de repente en medio de algo que la supera. Eso permite que el lector descubra ese Madrid desde una posición parecida a la suya: sabemos que hay algo peligroso ocurriendo, pero no conocemos todas las reglas del juego ni sabemos quién puede estar al otro lado.
La novela parece construirse además como un auténtico puzle. Mientras una investigación ocupa los titulares, otra avanza por debajo, y ambas terminan formando parte de un entramado mucho mayor. Esa estructura permite que Histeria juegue con uno de los elementos clásicos del género negro: la sensación de que la verdad nunca está exactamente donde parece. Lo que en principio puede parecer un crimen aislado termina teniendo consecuencias mucho más amplias, y cada nueva pieza obliga a reconsiderar las anteriores.
El otro gran atractivo es el ambiente. Hay algo especialmente cinematográfico en ese Madrid de finales de 1978: los punks, los ultras, los quinquis, los viejos delincuentes y una generación que empieza a descubrir nuevas formas de vivir conviven en una ciudad todavía marcada por una violencia que no ha desaparecido. La música, además, no parece estar simplemente como acompañamiento, sino como parte de esa sensación de cambio que atraviesa a los personajes. Marta quiere ser bajista porque pertenece a una generación que empieza a imaginarse de otra manera, y colocar ese deseo en medio de una historia criminal resulta una combinación especialmente interesante.
También se nota que José Manuel del Río conoce bien el terreno de la novela negra. Su trayectoria anterior ya había pasado por el narcotráfico y por la Barcelona de 1936, y aquí vuelve a utilizar un periodo histórico concreto para construir una ficción criminal. Lo interesante es que no parece necesitar convertir la novela en una lección de historia. La época está en las calles, en los personajes y en el tipo de conflictos que plantea la trama.
El título, además, termina cobrando bastante sentido. Histeria no se refiere únicamente al miedo provocado por una sucesión de crímenes. También describe una ciudad sometida a diferentes tensiones, donde cada grupo parece moverse según sus propias reglas y donde la sensación de descontrol va creciendo a medida que las distintas líneas de la historia empiezan a aproximarse.
Una de las cosas que más me gustan de este tipo de novela es cuando el contexto histórico no consigue comerse a la ficción. Y aquí la premisa resulta suficientemente potente como para que el lector quiera saber qué ocurrió con Marta, quién está detrás de ese rastro de sangre y qué relación existe entre los diferentes acontecimientos. La Transición importa, pero la novela no depende de que el lector llegue a ella buscando una reconstrucción histórica exhaustiva. Funciona, ante todo, como thriller.
Y quizá esa sea la mejor manera de acercarse a Histeria: como una novela negra que utiliza un momento especialmente convulso de Madrid para contar una historia de violencia, investigación y supervivencia. No intenta presentar una ciudad ordenada en la que aparece un crimen que altera la normalidad; al contrario, parte de una ciudad que ya está cambiando y en la que nadie parece tener demasiado claro hacia dónde se dirige.
José Manuel del Río consigue así recuperar un Madrid que tenía algo de frontera. Un lugar donde una joven podía imaginarse tocando el bajo y construyendo una vida distinta mientras, a unas calles de distancia, seguían funcionando códigos mucho más antiguos. Y es precisamente esa convivencia entre lo nuevo y lo viejo, entre la libertad que empieza a respirarse y la violencia que todavía permanece, lo que da personalidad a Histeria.
Más que una novela sobre la Transición, diría que es una novela situada dentro de la Transición. La diferencia puede parecer pequeña, pero no lo es. Del Río no necesita explicarnos constantemente el momento histórico: deja que sean los personajes, las calles, la música, la delincuencia y la investigación policial quienes nos hagan sentir que estamos en una ciudad que todavía no sabe muy bien en qué va a convertirse.
Una lectura para quienes disfrutan de la novela negra con contexto histórico, pero también para quienes buscan simplemente un thriller con ritmo, varias líneas narrativas y una ambientación que tenga algo que decir. Porque en Histeria el Madrid de 1978 no es únicamente el escenario del crimen. Es parte del crimen, de sus personajes y de la propia tensión que sostiene la novela.
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