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Reseña “El pacto de las sombras” de Laura Azcona

24 de septiembre de 2026
4.4
(261)

Laura Azcona tenía un reto complicado con El pacto de las sombras: cerrar una trilogía que había ido construyendo alrededor de Julia Arrondo sin limitarse a repetir la fórmula de las dos novelas anteriores. Después de El pacto de las colonias y El pacto invisible, el lector ya conoce a sus personajes, sus conflictos y una parte de ese universo policial que la autora ha ido levantando alrededor de Navarra y el País Vasco. Por eso, en esta tercera entrega el interés no está únicamente en descubrir quién está detrás de los crímenes, sino en comprobar hasta dónde puede llevar Azcona una serie que ha ido ganando personalidad con cada novela. Y, al menos para mí, aquí da un paso bastante evidente.

El pacto de las sombras comienza con una imagen que encaja perfectamente con el tono que quiere darle la autora a esta última historia: cuatro jóvenes que practican urbex entran en un antiguo internado abandonado de Álava y encuentran un cadáver. No hace falta mucho más para que un lugar ya cargado de misterio se convierta en el escenario de un crimen, pero lo interesante es que Azcona entiende muy bien las posibilidades que le ofrece ese entorno. Los edificios abandonados no están ahí simplemente para aportar oscuridad, pasillos vacíos y una cierta estética inquietante; tienen historia, esconden cosas y, sobre todo, generan esa sensación tan incómoda de estar entrando en un lugar donde quizá habría sido mejor no entrar.

Tres meses después aparece otro cadáver en una mansión abandonada a las afueras de Pamplona y la investigación de Julia Arrondo y su equipo comienza a encontrar una serie de conexiones que obligan a mirar hacia atrás. Dos asesinatos, dos escenarios abandonados y unos exploradores que parecen encontrarse siempre demasiado cerca de los acontecimientos. A partir de ahí, la novela se convierte en un juego de piezas en el que cada personaje parece conocer una parte diferente de la historia y el lector tiene que ir reconstruyendo el conjunto mientras la autora decide qué información mostrar y cuál reservarse.

Y creo que precisamente ahí está una de las mayores virtudes de esta tercera novela: Azcona ha conseguido que el misterio no dependa exclusivamente del crimen. Hay una investigación policial, por supuesto, pero alrededor de ella existe toda una red de relaciones, secretos y conflictos personales que hacen que el caso tenga consecuencias mucho más allá de averiguar quién ha matado a quién. Después de dos novelas, Julia Arrondo ya no es una inspectora a la que simplemente acompañamos durante una investigación. Tiene un recorrido detrás, una personalidad reconocible y una vida que también pesa sobre sus decisiones, y eso hace que esta entrega funcione mejor cuando combina el caso policial con la evolución de sus personajes.

También se nota una evolución en la propia autora. Si El pacto de las colonias tenía ese componente de aventura y nostalgia y El pacto invisible apostaba con más fuerza por la atmósfera inquietante y los rituales, aquí Azcona parece reunir varias de las características que han definido la serie y llevarlas hacia un territorio más oscuro. El urbex le permite jugar con espacios que tienen algo de escenario de terror, pero la novela no necesita convertirlos en lugares sobrenaturales para resultar inquietante. Basta con la sensación de abandono, la historia que contienen y la posibilidad de que alguien esté observando desde algún lugar.

Además, hay algo que me gusta especialmente de esta trilogía: Laura Azcona no parece interesada en convertir el suspense en una sucesión interminable de cadáveres y golpes de efecto. Sus novelas tienen una lectura muy accesible, capítulos que avanzan con rapidez y una narración que busca constantemente que sigamos pasando páginas, pero los personajes tienen un peso considerable. En El pacto de las sombras, esto adquiere todavía más importancia porque estamos ante una novela de cierre y porque buena parte del atractivo reside precisamente en volver a encontrarnos con Julia y su equipo.

El resultado es un thriller policial que sabe jugar con la oscuridad sin depender de ella y que aprovecha muy bien sus escenarios. El antiguo Colegio Izarra y el Señorío de Elío aportan una personalidad propia a la historia y convierten Navarra y Álava en algo más que un simple mapa donde colocar los crímenes. Azcona conoce las posibilidades de su territorio literario y cada vez parece más cómoda explotándolas.

También agradezco que, pese a encontrarnos ante la tercera entrega, la novela no pierda de vista al lector que llega hasta aquí por la historia policial. Evidentemente, leer la trilogía en orden permite apreciar mejor la evolución de Julia y las relaciones entre los personajes, pero lo verdaderamente importante en una novela de este tipo sigue siendo que el caso funcione por sí mismo. Y aquí funciona porque hay preguntas suficientes para mantener la intriga y porque la autora sabe reservar algunas respuestas para cuando realmente hacen falta.

Quizá lo que más me convence de El pacto de las sombras sea precisamente esa sensación de que Azcona ya ha encontrado su sitio. Cuando una autora llega a una tercera novela de una misma serie, ya no está probando qué quiere hacer: empieza a consolidar una identidad. En este caso, esa identidad pasa por el thriller policial, los escenarios vasconavarros, personajes cercanos, secretos familiares, una atmósfera cada vez más oscura y una narración que nunca pretende complicarse innecesariamente para parecer más sofisticada.

Y hay algo más que me parece importante: cerrar una trilogía siempre implica despedirse. El lector que ha acompañado a Julia Arrondo desde El pacto de las colonias no llega a esta novela únicamente para resolver un asesinato, sino también para comprobar qué ocurre con ese grupo de personajes al que lleva tres libros siguiendo. Por eso el componente emocional tiene aquí un peso diferente y hace que determinadas situaciones tengan más fuerza que si estuviéramos ante una novela independiente.

El pacto de las sombras confirma, en definitiva, la evolución de Laura Azcona y cierra una trilogía que ha sabido ir desplazándose desde la aventura y la nostalgia hacia un thriller cada vez más oscuro y atmosférico. No creo que su mayor virtud sea intentar reinventar el género, sino haber construido una serie reconocible, entretenida y con personajes a los que resulta fácil seguir acompañando.

Después de tres pactos, varios crímenes y bastantes secretos, Julia Arrondo llega al final de esta etapa con una novela que entiende bien lo que sus lectores esperan de ella y, al mismo tiempo, demuestra que Laura Azcona ha ido afinando su propia voz. Y quizá esa sea la mejor manera de cerrar una trilogía: no intentando demostrar que puedes hacer algo completamente diferente, sino consiguiendo que aquello que empezó funcionando termine teniendo una identidad propia.

 

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