Si alguna vez has querido meterte de cabeza en un cuento y salir de él pensando que quizá tú también podrías vivir una aventura, El Hobbit es exactamente eso. Y esta edición especial es una auténtica barbaridad para tenerlo en las manos: tapa dura, sobrecubierta con el diseño original, cantos tintados en azul, estampaciones, cinta de lectura, taco pintado, dos mapas a color y, sobre todo, más de 50 ilustraciones, bocetos, pinturas y mapas realizados por el propio Tolkien. Además, el texto está impreso a dos tintas. Es de esas ediciones que hacen que un libro que ya conoces vuelva a parecerte nuevo.
Y luego está la historia. Bilbo Bolsón no quiere aventuras. Ni las necesita. Tiene su agujero hobbit, sus comidas, su tranquilidad y una vida perfectamente organizada. Hasta que Gandalf aparece en su puerta acompañado de trece enanos y, sin darle demasiado tiempo para pensárselo, lo mete en una aventura que incluye montañas, trolls, elfos, acertijos, tesoros y un dragón que probablemente no estaría muy contento de conocerlo.
Lo maravilloso es que Tolkien no necesita convertir a Bilbo en el típico héroe enorme, fuerte y capaz de derrotar a todo lo que se le ponga delante. Todo lo contrario. Bilbo es pequeño, bastante miedoso y, al principio, completamente fuera de su elemento. Y precisamente por eso funciona tan bien. Su gran aventura no consiste únicamente en enfrentarse a monstruos: consiste en descubrir de qué es capaz cuando sale de su zona de confort.
Y qué viaje. Rivendel, las Montañas Nubladas, los trolls, Gollum y ese increíble duelo de acertijos, el encuentro con Smaug, la Montaña Solitaria… Tolkien va construyendo un mundo que parece gigantesco sin necesidad de abrumarte. Todo tiene ese punto de cuento contado junto al fuego: canciones, humor, criaturas extrañas, personajes inolvidables y una sensación constante de que detrás de cada colina puede estar a punto de ocurrir algo.
Y Gollum. Menudo personaje. Su aparición en Riddles in the Dark sigue siendo uno de esos momentos que demuestran lo bien que funciona Tolkien cuando baja el volumen de la aventura y simplemente deja a dos personajes enfrentándose con inteligencia, miedo y astucia.
Lo que más me gusta de El Hobbit, sin embargo, es que debajo de toda esa fantasía hay una historia muy sencilla sobre crecer. Bilbo sale de casa siendo una persona y vuelve siendo otra. No porque se haya convertido en el guerrero más poderoso de la Tierra Media, sino porque ha descubierto que el mundo es muchísimo más grande que su cómodo agujero y que él también es mucho más grande de lo que pensaba.
Y quizá por eso sigue funcionando tantos años después. Puedes leerlo de niño y disfrutar de dragones y aventuras; puedes leerlo de adulto y darte cuenta de que Tolkien estaba hablando también de nosotros: del miedo a salir de lo conocido, de lo que encontramos cuando nos atrevemos a hacerlo y de cómo algunas aventuras empiezan precisamente cuando dejamos de buscar excusas para quedarnos en casa.
El Hobbit no necesita ser más oscuro, más violento ni más complejo para ser épico. Le basta con una puerta redonda, un hobbit que preferiría estar tomando el té y un mago que llama a ella.
Y de repente, tienes toda la Tierra Media delante.
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