Volver a unas colonias de verano treinta años después para descubrir que aquel verano que parecía perdido entre recuerdos, amistades y secretos todavía tiene cuentas pendientes es una idea que, por sí sola, ya tiene algo de irresistible. Laura Azcona construye en El pacto de las colonias una novela que utiliza el misterio como motor, pero que encuentra buena parte de su encanto en otro sitio: en esa mezcla de aventura, amistad y nostalgia que convierte las vacaciones de unos niños en 1992 en algo mucho más importante de lo que parecía en aquel momento.
La historia se mueve entre dos momentos muy diferentes. En 1992, Aitor y Mario se conocen durante unas colonias de verano en Hondarribia y terminan construyendo una amistad que sobrevivirá durante décadas. En 2022, la muerte de Mario obliga a Aitor a regresar a aquellos recuerdos y, sobre todo, a preguntarse qué ocurrió realmente durante aquel verano y por qué aquello que ambos descubrieron entonces podría estar relacionado con lo sucedido tantos años después. Entre una época y otra aparece una investigación policial que intenta reconstruir las piezas de un pasado que quizá nunca quedó completamente cerrado.
Y creo que precisamente ahí está una de las mayores virtudes del libro: el pasado no funciona únicamente como un recurso para explicar el presente, sino que tiene personalidad propia. Las colonias, los barracones, los juegos, las amistades que parecen eternas porque todavía no sabemos que la vida se encargará de ponerlas a prueba, los primeros descubrimientos, los secretos compartidos y esa sensación tan particular de que el verano puede durar para siempre construyen una parte de la novela que resulta especialmente cercana. Hay algo inevitablemente nostálgico en volver a esa edad desde la mirada de unos personajes adultos, porque todos sabemos que aquello que para un niño puede parecer una aventura gigantesca, visto treinta años después, puede convertirse en uno de esos recuerdos que uno creía olvidados hasta que algo consigue devolverlos de golpe.
También funciona muy bien el contraste entre esos dos tiempos. La novela va colocando las piezas poco a poco y consigue que queramos saber qué ocurrió entonces al mismo tiempo que queremos descubrir qué está pasando ahora. No estamos ante un thriller de esos que necesitan cadáveres cada pocas páginas, persecuciones constantes o una sucesión interminable de giros para mantener la atención. Su apuesta es bastante más tranquila y cercana a la novela policiaca y de aventuras, con un ritmo constante que hace que la lectura avance con facilidad y con algunos giros destinados a cambiar la percepción que tenemos de lo ocurrido.
Los personajes son otro de sus puntos fuertes. Aitor, Mario y el resto de protagonistas tienen una construcción bastante natural y, sobre todo, cercana. No parecen estar ahí únicamente para cumplir una función dentro del misterio, sino que tienen relaciones, inseguridades, recuerdos y formas de comportarse que ayudan a que la historia tenga una dimensión más humana. Y eso hace que cuando la investigación vuelve al pasado importe realmente lo que les ocurrió a aquellas personas, no solamente la resolución del enigma.
Me ha gustado especialmente esa sensación de que los personajes reaccionan de una manera reconocible, sin necesidad de convertir cada conversación en una escena trascendental. Incluso el humor tiene su espacio y ayuda a rebajar la tensión en determinados momentos, algo que le sienta bien a una historia que podría haberse tomado demasiado en serio a sí misma. Esa mezcla entre misterio, aventura y momentos más ligeros es probablemente una de las razones por las que El pacto de las colonias resulta tan fácil de leer.
Y luego está Hondarribia, que no es simplemente un nombre colocado en el mapa. La ambientación consigue que el escenario tenga presencia y que la novela transmita esa sensación de recorrer lugares conocidos mientras alguien te cuenta una historia que ocurrió allí. Cuando una novela consigue que quieras reconocer sus espacios, recordar sus calles o imaginar las escenas en lugares reales, la experiencia cambia, porque el misterio deja de suceder en un escenario abstracto y adquiere una dimensión mucho más próxima.
Otro aspecto que merece destacarse es la documentación. Detrás de una trama que puede parecer sencilla hay un trabajo importante para conseguir que los distintos elementos relacionados con la investigación, la policía, los archivos históricos o determinados ámbitos tecnológicos resulten creíbles. Y siendo esta la primera novela de Laura Azcona, ese cuidado se nota especialmente. Quizá la trama no busque convertirse en un laberinto imposible de resolver, pero sí intenta que aquello que cuenta tenga una base sólida y que el lector pueda entrar en la historia sin tener la sensación de que todo sucede porque la autora necesita que suceda.
También entiendo las críticas que pueden hacerse a la novela. Si alguien llega buscando un thriller oscuro, frenético y centrado casi exclusivamente en la investigación criminal, probablemente encuentre otra cosa. La parte policial comparte protagonismo con las relaciones personales y con la historia de los protagonistas, y algunas cuestiones sentimentales pueden resultar algo más precipitadas de lo que la trama necesitaría. En determinados momentos da la impresión de que la novela podría haber profundizado más en la investigación y dejar algunas relaciones en un segundo plano, especialmente porque el misterio tiene elementos suficientes para sostener por sí mismo buena parte del interés.
Pero precisamente por eso creo que es más justo leer El pacto de las colonias como una novela de aventuras y misterio con alma de historia de amistad que como un thriller puro. Y bajo esa mirada funciona mucho mejor, porque su objetivo no parece ser llevar al lector al límite, sino entretenerlo, hacerle avanzar entre dos épocas y conseguir que quiera descubrir qué escondían aquellos niños de 1992 y qué consecuencias puede tener aquel pacto treinta años después.
Además, tiene algo que para mí siempre suma: es una novela que se lee con facilidad sin ser completamente olvidable. Puede que su historia no pretenda revolucionar el género ni construir el mecanismo policial más complejo del mundo, pero sí tiene una personalidad reconocible y, sobre todo, una relación muy agradable con el lector. Laura Azcona sabe cuándo apretar el misterio, cuándo dejar espacio a los personajes y cuándo permitir que la historia respire.
Para ser una primera novela, El pacto de las colonias deja una impresión bastante clara: aquí hay una autora que sabe contar una historia, que ha trabajado bien el escenario y la documentación y que entiende que un misterio funciona mejor cuando al lector le importan las personas que están metidas en él. No es una novela perfecta ni necesita serlo; tiene algunos elementos que podrían haberse desarrollado con mayor profundidad, pero resulta ágil, entretenida y, sobre todo, tiene ese pequeño sabor a aventura juvenil que hace que uno termine pensando que quizá las mejores historias no son las que comienzan cuando aparece un cadáver, sino las que empezaron muchos años antes, cuando unos niños hicieron un pacto creyendo que aquel verano nunca terminaría.
Y quizá esa sea la mejor manera de entrar en El pacto de las colonias: no esperando únicamente descubrir quién mató a Mario, sino dispuesto a volver con Aitor a aquel verano de 1992 y averiguar qué demonios ocurrió allí.
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