Luis Mario consigue que una patata, una margarita, un grifo y un mirlo dejen de ser exactamente lo que creemos que son. Y lo hace sin necesidad de construir grandes mundos fantásticos ni de explicarnos que estamos entrando en un territorio extraño: le basta con coger una escena perfectamente reconocible, introducir en ella una pequeña anomalía y esperar a que nuestra cabeza haga el resto. Ese es, para mí, el verdadero juego de Libro azul con mosca, un libro inclasificable, divertido, desconcertante y tremendamente imaginativo que parece escrito con la libertad de quien no necesita pedir permiso a la realidad.
La idea de la mosca que da título al libro es una de esas imágenes que funcionan especialmente bien cuando terminas de leerlo. Los pintores europeos de los siglos XV y XVI utilizaban en ocasiones estos pequeños trampantojos para representar un insecto con tal precisión que parecía estar realmente sobre el cuadro. Luis Mario convierte ese engaño visual en una especie de principio literario: sus textos hacen algo parecido, colocan una pequeña mosca sobre una escena cotidiana y consiguen que durante unos segundos no sepamos exactamente dónde termina lo real y dónde empieza otra cosa.
Pero lo mejor es que sus alteraciones no necesitan ser enormes.
Una patata que debería ser la última, pero de pronto no lo es. Unas margaritas que responden a preguntas que jamás esperaríamos escuchar de una flor. Una mujer que se traga un mirlo. Una pintora hiperrealista que decide pintar aquello que existe aunque normalmente permanezca oculto a nuestros ojos. Un grifo que lleva muchísimo tiempo dejando caer exactamente la misma gota. Situaciones que, contadas así, podrían parecer simplemente absurdas, pero que en las manos de Luis Mario adquieren una lógica propia, como si el mundo siempre hubiera funcionado de esa manera y nosotros fuéramos los que acabamos de descubrirlo.
Ahí está buena parte de la gracia del libro.
Luis Mario no utiliza lo extraño para escapar de la realidad, sino para mirarla mejor. Sus relatos tienen algo de juego, algo de poesía y algo de experimento literario, pero también una voluntad muy clara de desmontar la forma en la que interpretamos aquello que tenemos delante. Cambia una palabra, altera una regla, introduce una posibilidad que nadie había contemplado y, de repente, esa escena cotidiana deja de ser cotidiana.
Y lo curioso es que muchas veces el efecto no es una carcajada inmediata, sino una sonrisa que aparece un poco después, cuando entiendes hacia dónde estaba llevando el texto.
La brevedad juega aquí un papel fundamental. Estos textos no necesitan páginas y páginas para desarrollar una historia convencional porque su intención es otra. Luis Mario plantea una imagen, la empuja ligeramente fuera de su sitio y deja que nosotros terminemos de construir las consecuencias. Algunos relatos parecen pequeños artefactos humorísticos; otros tienen una dimensión más poética y otros producen una inquietud difícil de explicar, precisamente porque aquello que sucede es tan extraño que termina resultando casi normal.
Ese equilibrio es complicado.
Cuando un escritor juega con el absurdo existe siempre el riesgo de que el artificio se convierta en una simple ocurrencia, en un «mira qué raro soy» que puede funcionar durante un par de páginas pero termina agotando al lector. En Libro azul con mosca, sin embargo, hay una inteligencia detrás del juego que hace que las ideas no se queden únicamente en la extravagancia. Las pequeñas anomalías sirven para hablar también del lenguaje, de la percepción y de nuestra necesidad constante de encontrar explicaciones para todo.
Y probablemente por eso el libro funciona mejor si no intentas domesticarlo.
No creo que sea una lectura a la que haya que acercarse buscando respuestas cerradas, argumentos perfectamente construidos o personajes con una evolución convencional. Tampoco me parece especialmente interesante intentar decidir si estamos ante cuentos, microcuentos, estampas, poemas narrativos o pequeños experimentos. El propio libro parece bastante cómodo en esa indefinición. Lo importante es entrar en su lógica y aceptar que durante unas páginas una margarita puede tener opiniones mucho más complejas de las que le habíamos supuesto, una gota puede ser exactamente la misma gota una y otra vez y un mirlo puede acabar donde ningún mirlo debería estar.
Y ahí aparece otra de las grandes virtudes de Luis Mario: su lenguaje no intenta parecer extraño, sino conseguir que lo extraño parezca posible.
Eso cambia completamente la experiencia.
Porque si el estilo estuviera constantemente subrayando que estamos ante algo fantástico, probablemente perdería parte de su efecto. En cambio, esa naturalidad con la que aparecen las situaciones imposibles consigue que el lector participe en el engaño. Durante un instante aceptamos las reglas del relato y solo después nos damos cuenta de que algo no encaja.
La referencia al trampantojo pictórico resulta entonces especialmente acertada. La mosca no está ahí simplemente para decorar el cuadro. Está ahí para engañarnos.
Y este libro también.
Pero es un engaño bastante amable, de esos que no pretenden dejarte en evidencia sino conseguir que vuelvas a mirar.
También me parece interesante la relación que mantiene Libro azul con mosca con el paisaje rural y con lo cotidiano. Hay algo muy reconocible en los objetos y escenas que utiliza Luis Mario, y precisamente por eso las deformaciones tienen tanta fuerza. No parte de lugares completamente inventados ni de criaturas imposibles que ya nos sitúan desde el principio en la fantasía. Parte de una patata, una flor, una tubería, una mujer, un cuadro. Cosas que conocemos. Y después introduce la grieta.
Esa grieta es el libro.
Una de las cosas que más he disfrutado es esa sensación de no saber qué va a ocurrir en el siguiente texto. No porque exista una intriga convencional, sino porque las posibilidades parecen infinitas. Si en una página una margarita puede responder algo que jamás debería responder, cualquier cosa parece posible en la siguiente. Y eso devuelve a la lectura una sensación que a veces perdemos cuando conocemos demasiado bien las reglas de los géneros: la sorpresa.
También hay humor, mucho, pero no un humor construido únicamente alrededor del chiste. Es un humor extraño, a veces absurdo, a veces casi infantil en el mejor sentido de la palabra, porque nace de preguntarse qué ocurriría si aceptáramos durante un momento que las cosas pueden funcionar de otra manera.
Y quizá esa sea la palabra que mejor define Libro azul con mosca: libertad.
Libertad para contar lo que quiera, para retorcer el lenguaje, para convertir una situación insignificante en algo extraordinario, para no explicar demasiado y para confiar en que el lector será capaz de seguirle. En una época en la que muchas veces parece que cualquier libro necesita ser etiquetado inmediatamente para saber dónde colocarlo, Luis Mario parece divertirse precisamente en ese espacio en el que las categorías empiezan a quedarse pequeñas.
No todos los textos me han producido exactamente el mismo efecto, algo inevitable en una propuesta tan fragmentaria y tan basada en la idea y en la imagen, pero incluso cuando alguno me ha interesado menos, siempre he encontrado detrás una mirada literaria particular, una forma de observar que no resulta intercambiable con la de cualquier otro escritor.
Y eso, al final, es probablemente lo que más me importa de un libro así.
No que todos sus textos sean perfectos, ni que cada página tenga que provocar una revelación, sino que después de cerrarlo mires una cosa cualquiera y durante un segundo pienses: ¿y si esto no fuera exactamente como creo?
Si un libro consigue instalarte esa pequeña duda en la cabeza, ya ha hecho bastante.
Libro azul con mosca es un libro pequeño en sus formas y enorme en las posibilidades que abre, una colección de anomalías, juegos y pequeñas criaturas literarias que convierte lo cotidiano en un lugar ligeramente sospechoso. Luis Mario no necesita levantar grandes decorados para llevarnos a la fantasía; le basta con mover una pieza de sitio y esperar a que nos demos cuenta.
Quizá por eso la mosca sea una imagen tan perfecta para cerrar la lectura: pequeña, casi insignificante, aparentemente fuera de lugar y, sin embargo, imposible de ignorar una vez que la has visto.
Después de este libro, cuesta un poco volver a mirar las cosas exactamente igual.
Y eso siempre es una buena señal.
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