Hay autores con los que uno ya entra confiando desde la primera página y Arantza Portabales es uno de esos casos. Más allá de la trama criminal, siempre consigue que sus novelas tengan algo muy humano. Sus personajes nunca parecen simples piezas dentro del misterio; tienen vida propia, contradicciones, heridas y una forma de relacionarse entre ellos que hace que todo resulte muy natural. Y eso vuelve a pasar en Asesinato en el molino del cura
La novela arranca con una escena durísima ambientada en 1984, un asesinato brutal que marca el tono de la historia desde el principio. Pero el verdadero motor llega décadas después, cuando Alba Mariño aparece en Loeiro intentando reconstruir una infancia que prácticamente ha desaparecido de su memoria. Tiene una cicatriz enorme en la cabeza, recuerdos fragmentados y la sensación constante de que hay algo terrible enterrado en ese pueblo gallego donde todos parecen saber más de lo que cuentan
Para intentar recomponer ese pasado, Alba recurre a Iria Santaclara, ahora alejada de la policía y moviéndose en una zona mucho más ambigua como investigadora y especialista en criminología. A partir de ahí empieza una investigación donde aparecen las hermanas Freijomil, el peso de los silencios familiares, los rumores del pueblo y un crimen que nunca terminó de cerrarse del todo
Portabales vuelve a demostrar lo bien que maneja los ambientes rurales. Loeiro no tiene nada de postal bonita. Es un lugar húmedo, incómodo, lleno de secretos y de miradas constantes. Aquí todo el mundo observa a todo el mundo y el pasado nunca desaparece realmente. Esa sensación de opresión está muy conseguida durante toda la novela
La estructura en dos tiempos funciona muy bien porque va dosificando la información poco a poco. Siempre parece que falta una pieza y eso hace que la lectura avance con mucha facilidad. Además, la autora sabe manejar muy bien el suspense sin necesidad de llenar la historia de giros imposibles. Todo resulta bastante orgánico dentro del propio misterio
Uno de los personajes que más se disfruta es Sinda, la famosa “Gestapo”, que roba escenas prácticamente cada vez que aparece. Tiene esa mezcla de cotilla profesional, ironía y carácter imposible de ignorar. Funciona como alivio en medio de una historia mucho más oscura que otras novelas anteriores de la autora
Porque aquí Portabales deja bastante atrás el tono más ligero que podía verse en Asesinato en la casa rosa. Asesinato en el molino del cura es más dura, más incómoda y mucho más cruel con sus personajes. Hay escenas violentas, momentos muy tensos y una sensación constante de angustia alrededor de Alba, que pasa buena parte de la novela completamente perdida entre recuerdos rotos y verdades que nadie quiere sacar a la luz
Lo que más me sigue gustando de Portabales es cómo construye a sus personajes. Incluso los secundarios tienen algo reconocible y creíble. No necesita exagerar rarezas ni cargar a nadie de traumas imposibles para que funcionen. Todo parece muy humano y muy cercano, incluso dentro de situaciones bastante extremas
Sí es verdad que quedan algunos flecos abiertos y ciertas cuestiones que da la sensación de que todavía no han terminado de resolverse del todo. Pero casi juega a favor de la historia porque deja claro que Loeiro sigue teniendo secretos pendientes y que probablemente todavía queda mucho por descubrir allí
He disfrutado muchísimo la lectura. Es de esos thrillers que enganchan rápido, pero que además consiguen que te importen los personajes y no solo descubrir quién hizo qué. Y eso no siempre pasa dentro del género negro
En resumen, Asesinato en el molino del cura es una novela absorbente, oscura y muy bien construida, donde el misterio funciona tan bien como el retrato de ese pueblo gallego lleno de silencios, culpa y habladurías. Arantza Portabales vuelve a demostrar que sabe escribir novelas negras con personalidad propia y personajes que permanecen bastante tiempo en la cabeza después de cerrar el libro

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