No entiendo cómo un libro escrito hace más de 150 años puede seguir sintiéndose tan fresco, tan extraño y tan divertido. Empecé Alicia en el País de las Maravillas pensando que iba a encontrarme un clásico infantil conocido por todos y terminé descubriendo una historia que, en realidad, parece escrita para cualquier persona que disfrute dejándose sorprender.
La trama es sencilla: Alicia sigue a un conejo blanco que parece tener mucha prisa y acaba cayendo por una madriguera que la lleva a un mundo donde absolutamente nada funciona como esperas. Allí conoce personajes tan extravagantes como inolvidables y cada encuentro parece desafiar la lógica, el sentido común y hasta las reglas del lenguaje. Lo curioso es que, cuanto más absurdo parece todo, más sentido termina teniendo dentro de ese universo.
Lo que más me ha gustado es que no intenta explicarlo todo. Lewis Carroll juega constantemente con las palabras, los acertijos, las conversaciones imposibles y las situaciones más surrealistas. Hay momentos en los que sonríes por lo ingenioso que resulta un diálogo y otros en los que simplemente aceptas que, en este mundo, las reglas no existen. Y funciona. Muy bien, de hecho.
También me sorprendió descubrir que no es un libro únicamente para niños. De pequeño probablemente habría disfrutado de los personajes y de la imaginación desbordante, pero leyéndolo de adulto he entendido por qué sigue siendo un referente de la literatura universal. Detrás de toda esa fantasía hay pequeñas reflexiones sobre la identidad, el crecimiento, la autoridad, la lógica o la forma en la que vemos el mundo. No hace falta buscarlas para disfrutar la historia, pero están ahí para quien quiera encontrarlas.
Los personajes son otra de las grandes virtudes del libro. El Sombrerero, la Liebre de Marzo, la Oruga, el Gato de Cheshire o la Reina de Corazones aparecen durante relativamente pocas páginas, pero es imposible olvidarlos. Carroll consigue que cada uno tenga una personalidad tan marcada que basta una conversación para que se queden grabados en la memoria.
Es cierto que no es una novela convencional. No busca una gran aventura con un objetivo claro ni mantiene una estructura tradicional. Es más bien un viaje de descubrimiento donde lo importante no es llegar a un destino, sino perderse entre situaciones cada vez más extravagantes. Entiendo que eso pueda desconcertar a quien espere una historia clásica con principio, desarrollo y desenlace muy definidos, pero precisamente ahí reside parte de su encanto.
Además, me ha fascinado pensar en la enorme influencia que ha tenido. Después de leerlo entiendes por qué tantas películas, libros, videojuegos y obras de fantasía siguen bebiendo de este universo. Muchas de las imágenes que hoy forman parte de la cultura popular nacieron aquí.
Al cerrar el libro tuve la sensación de haber visitado un lugar del que cuesta salir. Es una historia que demuestra que la imaginación no necesita límites y que los clásicos lo son por algo. Alicia en el País de las Maravillas sigue invitando, siglo y medio después, a hacer exactamente lo mismo que hace su protagonista: seguir al conejo, dejar la lógica a un lado durante unas horas y disfrutar del maravilloso caos que espera al otro lado de la madriguera.
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