Lo primero que pensé al cerrar este libro fue una pregunta bastante simple: ¿cómo he tardado tanto en leer a Oscar Wilde?
Probablemente había leído algún cuento suyo hace años y también había visto alguna adaptación inspirada en su obra, pero nunca me había enfrentado a una novela completa. Después de terminar El retrato de Dorian Gray, tengo claro que ha sido una magnífica puerta de entrada a uno de esos autores que parecen escribir con varias capas a la vez: una para entretener, otra para provocar y una tercera para obligarte a reflexionar cuando ya has pasado la última página.
La historia de Dorian Gray es tan conocida que resulta difícil acercarse a ella sin saber al menos su premisa. Un joven extraordinariamente bello desea conservar para siempre su juventud mientras un retrato carga con las consecuencias del paso del tiempo y de sus actos. Sin embargo, lo que más me ha sorprendido no ha sido el elemento fantástico de la novela, sino todo lo que Wilde construye alrededor de él.
Porque esta no es únicamente una historia sobre la eterna juventud. Tampoco es solo una novela sobre la vanidad. Es una reflexión inquietante sobre la influencia que unas personas ejercen sobre otras, sobre la obsesión por las apariencias, sobre el poder de la belleza y sobre la facilidad con la que alguien puede justificar su propia degradación moral mientras el exterior sigue mostrando una imagen impecable.
Los tres personajes principales funcionan de manera brillante. Basil Hallward representa una admiración por la belleza que trasciende lo puramente físico. Lord Henry Wotton es provocador, brillante, ingenioso y profundamente manipulador. Cada una de sus conversaciones parece una tentación cuidadosamente calculada. Y en medio de ambos aparece Dorian, inicialmente inocente, moldeable y fascinado por una visión del mundo que terminará transformándolo por completo.
Una de las cosas que más disfruté fue precisamente observar esa transformación. Wilde no necesita grandes escenas de acción ni acontecimientos espectaculares para generar inquietud. La corrupción de Dorian avanza poco a poco, casi de forma imperceptible al principio, y ahí reside buena parte de la fuerza de la novela. El verdadero terror no está en el retrato, sino en comprobar hasta dónde puede llegar una persona cuando deja de asumir las consecuencias de sus actos.
También me llamó la atención lo moderna que resulta en algunos aspectos. Más de un siglo después de su publicación, sigue siendo imposible no pensar en la obsesión actual por la juventud, la imagen pública y la necesidad constante de proyectar una versión idealizada de nosotros mismos. Cambian los escenarios, pero muchas de las preguntas que plantea Wilde siguen plenamente vigentes.
Su estilo merece una mención aparte. Hay páginas en las que parece disfrutar cada frase, cada descripción y cada diálogo. A veces la prosa resulta elegante y casi poética; otras veces adopta un tono mucho más afilado y mordaz. Es cierto que algunas descripciones pueden parecer extensas para un lector contemporáneo, especialmente en determinados pasajes donde Wilde se recrea en objetos, ambientes o costumbres de la época. Sin embargo, incluso en esos momentos se percibe el enorme talento literario que hay detrás.
Entiendo perfectamente que la novela generara polémica en su momento. Bajo la apariencia de una historia fantástica, Wilde lanza una crítica feroz a la hipocresía moral de la sociedad victoriana y plantea cuestiones que muchos preferían no mirar de frente. Resulta especialmente acertada la frase que incluyó en el prefacio: «No hay libros morales o inmorales. Los libros están bien o mal escritos». Más de un siglo después, sigue pareciendo una respuesta perfecta a quienes buscan juzgar la literatura por motivos ajenos a la propia obra.
Lo que me llevo de esta lectura es la sensación de haber descubierto un clásico que realmente merece serlo. No por su fama ni por su importancia histórica, sino porque sigue funcionando como novela. Hay suspense, hay momentos inquietantes, hay personajes memorables y hay ideas que permanecen dando vueltas en la cabeza cuando la historia termina.
Para ser mi primer encuentro serio con Oscar Wilde, no podría haber elegido mejor. Y sospecho que tampoco será el último.
Puedes leer todas nuestras reseñas y recomendaciones en Cantabria Literaria.

0 comentarios