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Reseña “Malas lenguas” de Alan Pauls

2 de junio de 2026
3.8
(361)

Un nombre perdido entre cientos de páginas. Apenas unas líneas dedicadas a un personaje secundario. Nada que llame especialmente la atención para la mayoría de los lectores. Sin embargo, en Malas lenguas, Alan Pauls construye toda una novela alrededor de esa aparente insignificancia y demuestra que, a veces, los mayores secretos se esconden precisamente en aquello que parece no importar.

La premisa resulta tan sencilla como fascinante. Un narrador lee la biografía de un hombre llamado Baldó y tropieza con una figura casi invisible: Bernal. La presencia fugaz de ese personaje despierta una obsesión que acabará arrastrándolo a un territorio donde la literatura, los celos, el deseo, la memoria y la mentira se mezclan de forma inseparable.

Lo primero que conviene advertir es que esta no es una novela convencional. Quien busque una trama de suspense tradicional o una historia que avance mediante grandes acontecimientos probablemente se encontrará desorientado. Pauls juega a otra cosa. Su campo de batalla son las palabras, las interpretaciones y las zonas oscuras que existen entre los hechos y el relato de los hechos.

La voz narradora se convierte en el gran motor del libro. Es una voz brillante, venenosa, irónica y profundamente desconfiada. Cada página parece impulsada por una necesidad casi enfermiza de desmontar la versión oficial de una vida para descubrir qué se oculta detrás. Pero cuanto más excava, más evidente resulta que toda biografía está construida sobre omisiones, silencios y decisiones arbitrarias.

La novela funciona así como una reflexión literaria sobre la imposibilidad de conocer completamente a los demás. El narrador no solo intenta reconstruir quién fue Bernal. También trata de comprender qué papel ocupó en la vida de Baldó, qué relación mantuvo con la biógrafa y, sobre todo, qué secretos permanecen fuera del alcance de cualquier reconstrucción.

Alan Pauls convierte esa búsqueda en una especie de comedia amarga donde el deseo y la paranoia avanzan de la mano. Las relaciones entre los personajes están atravesadas por rivalidades intelectuales, tensiones sentimentales y sospechas constantes. Cada recuerdo parece esconder una segunda versión. Cada testimonio contiene una grieta. Cada certeza acaba transformándose en duda.

Uno de los aspectos más interesantes de Malas lenguas es que logra hablar de la escritura biográfica sin convertirse en un ensayo. Las reflexiones sobre cómo se construye una vida en papel surgen de manera natural dentro de la propia trama. Pauls explora las limitaciones del género, sus trampas y sus contradicciones, pero lo hace siempre a través de personajes que viven esas cuestiones como conflictos personales y emocionales.

La prosa también exige atención. No es una lectura rápida ni complaciente. Las frases se retuercen, se expanden y avanzan siguiendo los mismos caminos sinuosos que recorren los pensamientos del narrador. Esa complejidad forma parte de la propuesta. La escritura reproduce el laberinto de sospechas, recuerdos y asociaciones que sostienen la novela.

Al terminar la lectura queda una sensación inquietante. No porque el libro ofrezca respuestas sorprendentes, sino porque obliga a aceptar algo mucho más incómodo: nunca conocemos del todo a nadie. Ni siquiera a quienes creemos haber amado. Ni siquiera a quienes dedicamos años de nuestra vida.

Con Malas lenguas, Alan Pauls vuelve a demostrar por qué está considerado una de las voces más singulares de la literatura latinoamericana contemporánea. Estamos ante una novela inteligente, exigente y profundamente literaria, capaz de convertir una simple nota al pie de una biografía en una exploración fascinante sobre los límites del conocimiento, la memoria y el deseo.

 

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