La tragedia de El Bocal no cayó del cielo. La madera no se rompió por sorpresa divina. Hubo aviso. Hubo llamada. Y hubo silencio.
Un vecino alertó al servicio de emergencias 112 sobre el mal estado de la pasarela apenas un día antes del colapso mortal en la senda costera de Santander. No fue un comentario al aire entre paseantes. Fue una advertencia formal. El 112 recibió la llamada y trasladó la incidencia a la Policía Local. Hasta ahí, la cadena funcionó. Después, la oscuridad administrativa.
No se sabe qué hicieron los agentes municipales con esa información. No consta actuación preventiva. No consta cierre. No consta señalización de riesgo. Oficialmente, no se concreta si se dio relevancia a la advertencia ni si se adoptó alguna medida. Lo que sí está confirmado es que la notificación no se trasladó ni a la Policía Nacional ni a la Demarcación de Costas en Cantabria. Resultado: nadie más actuó.
Y veinticuatro horas después, la pasarela cedió.
Se movía. Crujía. Avisaba.
Los testimonios no hablan de un deterioro invisible. Hablan de una estructura que “se movía mucho”. Lo relata una trabajadora del Instituto Español de Oceanografía, que pasa por la zona casi a diario. Otros paseantes describen zapatas carcomidas, madera deshecha, crujidos al pisar. No era una grieta microscópica: era una advertencia constante bajo los pies.
Varios usuarios aseguran que se había avisado en repetidas ocasiones. Algunos incluso habían llamado. “Se ha dicho por activa y por pasiva y aquí nadie hace nada hasta que pasa esto”, lamentaba ayer un ciclista habitual de la zona, visiblemente afectado. La sensación que flota en el ambiente es tan simple como demoledora: pudo evitarse.
Después del derrumbe, la diligencia
Tras la tragedia, la Demarcación de Costas sí ha ordenado precintar otras tres pasarelas y miradores de la senda costera, en la zona oeste del punto donde ocurrió el siniestro, a la altura de las instalaciones del Oceanográfico. El Ayuntamiento ha confirmado que la Policía Local ha ejecutado esa orden.
Después. Siempre después.
Cuando se pregunta al 112, el organismo responde con un comunicado escueto: el asunto está judicializado y no pueden facilitarse determinados detalles hasta que concluya la investigación. No confirma públicamente la advertencia previa. Tampoco la desmiente.
La madera se degrada con el tiempo. Es una ley física. Lo que no debería degradarse es la reacción ante una alerta clara. Si una estructura “se movía mucho”, si crujía, si había sido comunicada su inestabilidad, la pregunta ya no es solo por qué cayó. La pregunta es qué ocurrió entre la llamada y el silencio.
Porque la tragedia de El Bocal no empieza cuando la pasarela se hunde. Empieza cuando alguien avisa… y nadie actúa.

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